27 de abril de 2010

Primera autobiografía

Escribo mucho, por gusto y por disgusto. A veces por necesidad. Otras por dinero. Casi siempre con distintos objetivos. Últimamente me he involucrado en varios proyectos, he postulado a becas, he presentado proyectos de investigación y he participado en talleres periodísticos.


Uno de ellos me obligó a escribir una autobiografía, acaso una tarea tan pudorosa como describirse físicamente o dibujarse. El retrato o perfil es una tarea tan intimista que algunos cronistas que practican esta técnica dicen que no tolerarían que alguien les pidiera sentarse al otro lado de la mesa.

De mi primera autobiografía rescato estas palabras, más por revelar poco que por gustarme mucho. Aunque creo llegaron a una precisión con la que no me encuentro frecuentemente.
Dice así:
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“Nací y crecí escuchando historias en las sobremesas familiares. De mi padre aprendí que una misma anécdota se puede contar de mil formas sin envejecer. De mi madre que en los libros están las inquebrantables”.
“Mi tío fue quien me presentó las páginas periódicas cuando todavía no tenía edad para leer. Era un bebé sentado en el regazo de un hombre que lee hasta la última letra de un diario”.
“Luego llegaron las revistas deportivas, las novelas juveniles, los autores clásicos y los reportajes ataviados con el mismo traje: La palabra escrita que se lleva a la cama para antes y después de dormir”.
“Para cuando llegué a las aulas de periodismo, y luego a las salas de redacción, ya me consideraba un autodidacta que no podía resistir la parsimonia de estos espacios y que renegaba ante las limitaciones del estilo”.
“Muchas veces quise renunciar. En vez de eso, desde temprano empecé a escribir a cuenta de mi insomnio”.
Una palabra rebota de aquel ejercicio creativo: Renunciar. Un vicio y una tentación que arrastro conmigo.

1 comentario:

Insana dijo...

mmm... para ser una primera... le falta harto eh...