30 de noviembre de 2009

¿Amor al fútbol o a los futbolistas?


La película “Rudo y Cursi”, interpretada por un matrimonio basado en la amistad (Gael García Bernal y Diego Luna) es una parodia a estas encantadoras situaciones (éxito en el fútbol, éxito económico, éxito con las mujeres) que terminan en un catastrófico baño de realidad tan cruel como divertido.

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14 de noviembre de 2009

Vilamanías


Hay que estar realmente loco, o maniaco, o desesperado, o lúcido en lo ilusorio, o iluso en lo alucinado, para escribir muchos de los libros que Enrique Vila-Matas ha escrito. Excluyo de esta relación la palabra genio porque la novela breve que acabo de leer es “Extraña forma de vida” (Anagrama, 1997).

Lo que quiero decir es que por muchas de sus obras Vila-Matas puede ser llevado al parnaso literario más selecto de la historia, por otras tantas puede convertirse en un narrador de culto o en un filósofo de bolsillo de los tiempos modernos (aunque lo más probable es que el grueso de su literatura lo declare como un escritor extravagante).

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3 de noviembre de 2009

Fogatas


Danny Mann se sentaba detrás de mí en el colegio, en el último asiento de la fila del extremo derecho. Contrario a lo que sugiere su apellido, no era alemán, más bien era morocho, aunque no tanto para ocultar sus gruesas cejas que siempre me hacían reír por la forma en que las retorcía. A su izquierda se sentaba el dientudo Gerardo Ávila, un psicópata escolar en cuya sonrisa maliciosa se asomaban dos filudos colmillos.

Estudiábamos en un colegio religioso en el cual, en los últimos tiempos, habían reemplazado a las monjas profesoras por maestros rufianes que creían estar en un cuartel militar. Mann era hijo de un distinguido ingeniero civil cuyo nombre se podía leer en los edificios más altos del país y tenía un hermano mayor que un día, de repente, decidió abandonar el quinto de secundaria para convertirse en pintor callejero.

Nos hicimos amigos cuando él encontró en mí un sujeto de confianza, alguien a quien podía hacer cómplice de sus pillerías y que podía cuidar sus espaldas incluso a riesgo de las suyas propias. El dientudo Ávila se nos unió después, y juntos formamos una banda irreverente y desfachatada, donde Mann era nuestro líder, Ávila el ejecutor de las misiones y yo el perro guardián que vigilaba. Así fue como empezaron a llamarme ellos: ‘El Perro’.

Ellos destacaban mi habilidad para los insultos, para la burla justa y despiadada, mi invectiva verbal. Yo admiraba de Mann su temeridad para ejecutar las hazañas más peligrosas y el desparpajo con que afrontaba los castigos de los profesores. De Ávila temía a su insania que a ratos parecía apoderarse de él, como un demonio enfebrecido e incontenible que en más de una ocasión nos llevó a situaciones extremas.

No hablaré de las pequeñas travesuras, de los golpes menores que dimos, sino de cuando empezamos en el vandalismo en serio, cuando retamos a los profesores o cuando, en sus ausencias, actuábamos como tres revoltosos dispuestos a causar los peores disturbios, a llamar la atención con nuestro anarquismo itinerante que se paseaba destruyendo libros, arrojando mochilas por las ventanas y apilando las carpetas en trincheras de combate.

Como el colegio afrontaba una huelga de profesores, casi en la mayor parte del tiempo estábamos sin clases, dando rienda suelta a nuestras mentes perversas. Así fue como empezamos a pintar graffitis con tiza en las paredes del salón, a inundar los baños y a robar los crucifijos que colgaban de lo alto de todos los salones de clase. De nuestro pandillaje no se salvaban ni las Biblias ni las ventanas que rompimos más por descuido que por maldad.


Fue Mann quien nos enseñó a hacer fogatas. Un día, en una botella de gaseosa trajo un líquido blanco y vaporoso que esparció por el suelo de mayólica del aula. Luego prendió el extremo del charco con un encendedor y repentinamente se erigió una línea de fuego que todos celebramos y ayudamos a avivar con todo tipo de papeles. Mann sacó de su mochila una cajetilla de cigarros y prendió uno donde llegaba la llama más alta, contorsionando sus cejas en señal de triunfo.

Al principio fueron líneas de fuego cortas, pero antes de que nos diéramos cuenta eran franjas de seis metros de largo que llegaban casi hasta la pizarra, donde un profesor distraído escribía las lecciones sin darse cuenta de lo que ardía a sus espaldas. Ávila y yo nos encargábamos de acallar al resto de los alumnos que observaban admirados el espectáculo flamígero, amenazándolos con quemarlos vivos en la siguiente fogata.

Del taller de su hermano pintor, Mann extrajo tubos de aerosol que luego utilizaba como sopletes. Tomaba un sorbo de licor, lo escupía al cielo y sobre él disparaba el aerosol, formando bolas ardientes que iluminaban fugazmente el aula. El dientudo Ávila era uno de los más entusiastas con las argucias pirotécnicas, al punto de desarrollar otros métodos como los gases flameados, los eructos de fuego y las antorchas humanas, utilizando los pasadores humedecidos en alcohol como mecheros de los alumnos despistados.

Todos en el salón celebraban los atrevimientos en silencio, acaso con pequeñas carcajadas que había que contener para no advertir al profesor de turno. Cada tanto Mann nos pedía que le pusiéramos un reto mayor. Yo le dije que prendiera la fogata sobre su carpeta y lo hizo. Ávila le dijo que esperara a que el profesor se quedara dormido, algo que ocurría muy a menudo, y que la encendiera junto a la pizarra. También lo hizo.

En una ocasión pidió nuestra participación para que hiciéramos que el fuego cruzara debajo de las carpetas de toda la clase, en un acto de herejía extrema, ya que podíamos terminar abrasados por nuestra propia trampa mortal. Ávila aceptó de muy buena gana en uno de sus arrojos demoníacos y yo los seguí en el camino trazado al infierno. “Así me gusta Perro”, me dijo satisfecho, con lo que pasé de sabueso a cancerbero.

Ese día la fogata se convirtió en nuestra hoguera. O mejor dicho en la de Mann, quien tuvo que afrontar las consecuencias de esconder en su mochila aerosoles, botellas con ron de quemar, encendedores y fósforos en lo que era el arsenal de un experto piromaniaco; cuando el fuego hablaba por sí mismo. Se había hecho tan intenso que solo fuimos capaces de controlarlo cuando alguien trajo el bidón de agua de la enfermería y lo vació por completo. Las patas de las carpetas estaban negras y el olor a plástico quemado de las mochilas era insoportable.


Al día siguiente, Mann llegó al colegio a mediodía, estuvo un par de horas en la oficina del director con sus padres y, durante la clase de sicología, se asomó a la ventana de nuestro salón para despedirse de mí. “Chau Perro, me expulsaron”, me dijo con la simplicidad de quien va a la vuelta de la esquina. Supongo que quería agradecer mi lealtad, aunque yo siempre pensé que lo traicioné cuando no me culpé en su lugar.

Ese año fue el más difícil para mí. Desaprobé varios cursos, hice clases de verano y estuve a punto de repetir de grado. Ávila se convirtió en mi peor enemigo, cada vez que se acercaba a mí me lanzaba un golpe traicionera y sistemáticamente. Se burlaba con su risa estruendosa que tantas veces fue originada por una ocurrencia mía. De pronto todos empezaron a buscarme pleito, como si con Mann se hubiera ido mi protector. Me dieron palizas realmente muy duras.

En lo que a mí respecta, el colegio perdió todo interés y cuando acabé la secundaria hice todo lo posible para alejarme de mis antiguos compañeros, para desaparecer de la memoria colectiva de todos ellos. No participé en las fiestas, no hice el viaje de promoción ni recogí mi diploma en la ceremonia de graduación. El Perro nunca había existido, simplemente incineré todo rastro, toda prueba de su existencia.

En los veranos siguientes, cuando iba de campamento a la playa con mis nuevos amigos, era yo el que se encargaba de encender las fogatas. Y mientras todos abrazaban a sus novias, con el calor del fuego abrigando sus pies, yo abrasaba los recuerdos quemados de mi época escolar. Entonces cogía un cigarro, lo encendía sobre las brasas y me iba a caminar antes de que las llamas se convirtieran en cenizas.

Durante el invierno me quedaba encerrado en casa viendo la televisión por horas. Y cuando los noticieros transmitían algún incendio provocado por causas del todo desconocidas, no me imaginaba una chispa espontánea, una falla eléctrica o una vela prendida abandonada cerca de las cortinas. Yo me imaginaba al viejo Mann haciendo de las suyas, con un aerosol en la mano y las cejas bailando de perversa felicidad en su rostro.


Lima, mayo de 2008

27 de octubre de 2009

La Sarita en concierto: Sonido ancestral-contemporáneo


Rock electro-tropical. Música moderna y popular. Sonido ancestral-contemporáneo. No hay una sola palabra para definir la música de La Sarita sino un dúo de sustantivos, un binomio adjetival (o una mezcla de ambos) que se estrella en los límites de la definición de conceptos.

“Toro llega en camioncito, torero listo está,
toda la gente está esperando la corrida ya.
Patascas y cervecitas, entra la procesión
un danzante baila y se trepa en el arpa con agilidad”.
(“Fiesta de Aucará”, Mamacha Simona).


El ritmo de La Sarita es carnaval puro. Andino y selvático. Es fusión pero también es tradición. Es fiesta y denuncia. Es el violín andino lamentándose en el mentón de un ejecutor vestido de colores. Es el brinco acrobático de los danzantes de tijeras de mirada triste. Es la flauta de jilguerillo selvática amplificada en la urbe.

“Cóndor solito que triste estás
buscas tu nido para descansar
pero descubres un manto de cenizas en su lugar.
Roja montaña que lloras también
llanto de almas que habitan tu ser
frío clamor, canto triste, esperanza de un renacer”.
(“Otra vida”, Mamacha Simona).


Es el rock del nuevo Perú interpretado por una vieja banda (12 años juntos y varios más en otros grupos) que mantiene la vitalidad en la performance de Julio Pérez (vestido de guachimán, con un sombrero de pana o una máscara tribal), más identificado por sus saltos, bailes y contoneos que por la coronilla de calvicie oculta en su melena.

En la tarima apretujada de La Noche, La Sarita le canta a la Mamacha Simona, al club de fans, a sus familias (mamás, tíos y sobrinas), a los gringos de las primeras mesas (ver la letra de “Maldito brichero”) y a quienes más se identifican con el boom trópico-andino-urbano-popular que ha invadido al Perú.

“A San Francisco vamos a llegar
el peque-peque bamboleando va
flauta y guitarra inventan un son
una de Juaneco mira qué vacilón”.
(“Dame tu cocona”, Mamacha Simona).


Claro, La Sarita es precursora de estos bailes de pollada, del sentido homenaje a los chicheros, de dedicarles sus letras a los engañados en un vals, a las amas de casa sentadas frente a la televisión, a los VIP de perfil estirado y a la burocracia enferma de poder y de muerte, de la coima bajo la mesa y la ignorancia.

“Siento que la cultura de la muerte nos domina
no es casualidad, es parte de la estrategia
un mundo deprimido es fácil de manejar
pues el negocio está en vender felicidad”.
(“Mamacha Simona”, Mamacha Simona).


En vivo, La Sarita es una banda con botas de escalar, soles incaicos dibujados en el pecho, con Julio Pérez usando un guante multicolor, Henry Condori, un ayacuchano arpa en hombros, Dante Oliveros en un cajón haciendo de percusionista multifuncional, y Renato Briones al bajo y repartiendo tickets en la entrada.

Y en su puesta en escena hay ritos nativos, parodias presidenciales, duelos de danzarines, letras altisonantes y el público encendido como un inconciente colectivo en el chillido del wayno final que despide al grupo en aroma de clamor popular. El poder de La Sarita está en las raíces sonoras del Perú.

13 de octubre de 2009

Tarantino y Pitt: la gloria compartida


¿Qué resultado puede producir la combinación de un director que va de camino a convertirse en un cineasta de culto, si no ha llegado ya, y un galán de Hollywood que empieza a protagonizar personajes de un verdadero actor multifacético? La respuesta es una sola: gloria taquillera.

Quien no ha ido al cine a ver “Bastardos sin gloria” por los fuegos artificiales de los filmes ultraviolentos de Quentin Tarantino, venido a menos con “Kill Bill” pero entronado con sus clásicos “Pulp fiction” y “Reservoir dogs”, lo ha hecho movido por las actuaciones cada vez más camaleónicas del exitoso Brad Pitt.

Lo cierto es que esta película tiene ingredientes de taquillazo (actor guapo, director venerado, película de nazis y guión de acción), pero ¿alcanza para convertirla en el mejor film del excéntrico Tarantino? ¿Para ser la mejor interpretación de Pitt, quien antes se lució como Jesse James o como el delirante Tyler Durden en “Fight club”?

En el primer caso, es difícil de creerlo, en especial porque quienes han podido seguir los filmes de un devoto de los spaghetti western, un fanático de los samuráis de las películas de kung fu, un seguidor de las cintas de serie B y un esteta de la violencia explícita, pueden coincidir en algo: Tarantino está en una búsqueda.




Y esa búsqueda no acaba con “Inglorious bastards”, ni se consagrará con la tercera y cuarta parte de la manida saga de “Kill Bill”, aunque haya rozado la gloria en las primeras películas que cada vez se hacen extrañar más. Pero en el tránsito le ha permitido hacer una parada en interesantes experimentos como “Sin City” y “Death Proof”.

El caso de Brad Pitt es diferente. Su apuesta por roles que lo saquen de la casilla de niño bonito lo han llevado a trabajar con los hermanos Coen, David Fincher y Alejandro González Iñárritu, quedándose con disímiles resultados, pero con un respeto por su trabajo que espera la consagración total.

“Inglorious bastards” tiene un inicio tan sobrio y formidable que nos despierta una duda: O Tarantino ha mejorado muchísimo, o no es él quien está detrás de esto. Las primeras escenas tienen una tensión que son capaces de crisparte los nervios, sin necesidad de ríos de sangre de por medio.

Luego la película resbala por una pendiente que la hace aún mejor. El drama, la historia, los silencios, las actuaciones y la reconstrucción de una época brillan con una intensidad tal que ninguna opaca a la otra, a pesar de contar con Brad Pitt en pantalla, quien tal vez sí se lleve menos palmas que el villano de Christoph Waltz.



El coronel Hans Landa, implacable y calculador hasta que estalla en su locura; y la reservada Shosanna Dreyfus, interpretada por Mélanie Laurent, a quien Tarantino debe cuidar antes que otros directores le roben a quien podría ser su próxima Uma Thurman, son sus mejores novedades.

Pero poco a poco, Tarantino empieza a repetirse, empezando por la música, por la mujer en busca de venganza y los créditos de cómic, hasta revolverse en las matanzas sanguinarias que en su momento lo hicieron célebre, pero que a estas alturas lo hacen exageradamente predecible, en especial en un film de guerra.

Luego se vuelve demasiado Tarantino. Sus hasta entonces divertidos parlamentos se vuelven cómicos, los giros del argumento hacen que la historia pierda el rumbo con un desenlace históricamente plausible pero que nos deja invadidos por el desconcierto. ¿Quién puede creer un final así?

Sin duda, los tinos del director (y de su equipo) bastan para volverla una película interesante, sobre todo en el ámbito hollywoodense, pero no para consagraciones (Pitt tendrá que seguir buscando papeles que le impongan retos mayores). En esta ocasión, compartir la gloria los deja a los dos sin un lugar en el podio.

2 de octubre de 2009

No me gustan los escritores

… que visten y hablan como rockeros (Lóriga) aunque sean realmente buenos.
Que salen en la portada de sus libros con sus nombres en letra extragrande.
Que escriben solo para mujeres, solo para niños o solo para maricones.
Que no tienen enemigos públicos a quienes dirigir su artillería crítica.
Que son tan jóvenes que aún no han aprendido a llorar.
Que aparecen en demasía en las páginas sociales.
Que ganan todos los premios (esto por envidia).
Que opinan todo el tiempo y de cualquier cosa.
Que son más conocidos que sus propios libros.
Que son nacionalistas o regionalistas.
Que cobran por ofrecer entrevistas.
Que publican todo lo que escriben.
Que no han leído jamás a Borges.
Que no toleran la menor crítica.
Que refutan a sus críticos.
Que sonríen demasiado.
Que adoran la fama.
Que son modestos.
Que escriben @sí.

24 de septiembre de 2009

Contra los pornostar


De un tiempo a esta parte, le he perdido total y soberano respeto al exhibicionismo barato, a la presunción de liberalismo que profesan los homosexuales como una suerte de “evolución de la mente” y al de los gentlemen que afilan sus piropos sobre los machos cabríos del porno, al más puro estilo falocéntrico de Sigmund Freud y seguidores.

¿Por qué tanta devoción hacia los Rocco Siffredi o los Nacho Vidal? En no pocos casos inclusive se trata de admiraciones similares a las que prodigamos a Mozart o a Bach (o peor aún, a Mahler y a Puccini), a quienes no hemos oído, pero sobre quienes hacemos innumerables reverencias cuando oímos sus sacros nombres.

En otras es un respeto hacia los números (a los 30 años, el italiano había protagonizado 1,500 películas con 2,500 mujeres, aunque en estos casos la cantidad no sea una demostración de calidad); o hacia el tamaño (los gloriosos e inalcanzables 27 centímetros del español, y aquí el récord parece tan baladí como la del jamaiquino Usain Bolt).

Lo cierto es que toda admiración proviene del no entendimiento, de la atracción hacia lo desconocido o extraordinario (según Descartes, un filósofo a quien vale la pena admirar) y de allí al deseo de emulación. Quizá en esta última afirmación pueda entenderse la idolatría de los ciudadanos comunes hacia estos superhombres sexuales.

Sin embargo, esa sola razón no parece suficiente. Más aún si es que desde el lado femenino no se escuchan loas parecidas (nunca oí de una mujer que contemple fascinada a una pornostar, aunque sí hay quienes se rinden al talento contorsionista y la resistencia de estas verdaderas sex symbol).

Ahora, que una mujer celebre el acontecimiento de una encumbrada erección puede que se entienda. Pero que lo haga un joven en pleno uso de sus facultades sexuales, me parece simplemente triste, como cuando un novato gimnasta se queda anonadado ante la desarrollada e incómoda musculatura de un sudoroso físicoculturista en mallas.


Me atrevería a afirmar, sin estudio científico que me respalde, que deben ser pocos, poquísimos, los hombres que han resistido más de escasos minutos frente a una triple X, y que además se hayan podido fijar con rigurosidad en las maneras y aptitudes de los actores porno sin distraerse con las bondades físicas de las dotadas actrices.

Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿Qué podemos ponderar los hombres en estos individuos que, como se sabe, están actuando en todas y cada una de sus altisonantes presentaciones? Es lo mismo que envidiar la equilibrada conducta de un psicólogo sin saber si él mismo no necesita de una terapia para poder ser feliz en casa.

Claro, cualquiera podría decir: “Me gustaría estar en su lugar”, para poder disfrutar de tan exuberantes mujeres dispuestas a cumplir las fantasías de los sicalípticos guionistas y directores. Pero, repito, eso no es admiración sino pura y sana envidia. Como dice Charly García, es el deseo que todos tenemos de ser otros una vez en la vida.

Curiosamente, los mismos pornostar se han asegurado la codicia de los prójimos en entrevistas, aunque más de uno se pregunte ahora si estaría dispuesto a hacer del placer un trabajo o, lo que es lo mismo, a comportarse con profesionalismo donde el resto se entretiene sin más moderaciones que los límites propios de la anatomía regular.

Y ya para seguir con las preguntas: ¿Son en realidad tan viriles estos machos que se vanaglorian de sus apéndices reproductores? ¿O son como esos engalanados personajes que necesitan comprarse el auto más lujoso y el reloj más grande para compensar otras pequeñeces? ¿De qué adolecen estos actores esclavos de su cuerpo-máquina?

No digo que estar bien dotado sea poca cosa (eso le corresponde en todo caso a las damas), pero no sé hasta qué punto pueda ser objeto de orgullo entre señores. Hace poco le escuché a un muchacho que veía películas porno decir que tenía sus actrices favoritas. Pregunto una vez más: ¿Qué sentido tendría que tuviera actores favoritos?



Hace un tiempo apareció una encuesta que señalaba que las damas son también grandes consumidoras de pornografía. No hablamos de edulcorados filmes eróticos, sino de películas crudas y explícitas. El estudio señalaba incluso que el estímulo es similar al masculino, llegando a la excitación en tiempos similares (11 minutos).

Las cifras son contundentes: en Estados Unidos unas 13 millones de chicas miran XXX en Internet al menos una vez al mes. Pueda que a partir de esta inhibición femenina los actores superhombre alcancen mayor popularidad de la que ya ostentan en blogs y otros círculos selectos, pero ¿cuál debería ser su público objetivo?

Hasta donde sé, los hombres consumen este cine por las mujeres. Y viceversa. Que algunos chicos quieran repetir las hazañas de estos seres perfectos (o perfectamente estereotipados), se entiende. Pero que lleguen a ser connotadas figuras a las que haya que reservarles una mesa, es demasiado.

No vaya a aparecer por ahí algún político calenturiento dispuesto a darle los honores al vigoroso intérprete de su corto favorito (en aras de su encomiable labor), o a erigirle una maciza estatua con la seña distintiva de su arte. Bastan los festivales eróticos que los tratan cual dioses y los periodistas que les dan lata fotografiándolos en batas de seda.

Si ya los mochicas demostraban en la antigüedad su fascinación ante el portento masculino tamaño king size, perpetuándolo en un huaco (disfrazando ese estupor bajo el científico recurso de la fertilidad), no es de extrañar que aquella devoción continúe siglos después. Una muestra más de lo necesitados que estamos de verdaderos héroes.

18 de septiembre de 2009

Delatores


De un tiempo a esta parte, la historia de mi país ha cambiado del único modo en que puede cambiar un país: radicalmente. Todo empezó con una cámara fotográfica, un personaje de la farándula en un lugar indebido y un programa de chismes por televisión preparado para embarrar la honorabilidad de ese individuo amigo de la noche.

Como era de esperarse, la noticia devino pronto en escándalo periodístico, en portadas de diarios sensacionalistas y en una disputa legal por difamación de las tantas que van a parar al archivo del Poder Judicial; allí donde duermen los expedientes sin rostro. Todo iba, como se suele decir, de lo más normal, hasta que un día sucedió.

Un desubicado juez abrió el documento, lo leyó y, en menos de lo que tarda el planeta en completar la fase de traslación, declaró culpable al acusado, a quien sentenció a seis meses de arresto domiciliario. Posteriormente, el mismo juez rechazó la apelación del agraviante, condenándolo a prisión efectiva por incumplir la pena anterior.

En resumen, el sentenciado debió pagar por sus culpas, algo que resonó aún más que el escandalete del figurín televisivo, originando una ola de reacciones de lo más variopintas. Piadosos que fueron a dar una voz de aliento al castigado, críticos que arremetieron furibundos contra el caído en desgracia, crueles que se relamieron con el dolor ajeno, analistas que no cesaban de llenar columnas de opinión con comentarios sobre el tema.

Pero el asunto no quedaba ahí, puesto que el caso trajo a colación otros juicios por difamación, injuria, calumnia y agravio cuyos acusadores se aproximaron hasta el fuero civil demandando la misma celeridad para con sus procesos. Ni el buen Kafka hubiera resistido tamaño delirio: pedir justicia a la Justicia y a ritmo de fast-food.


Los magros leguleyos y abogados de quinta empezaron a tener trabajo. En sus minúsculas oficinas no cabían ni la décima parte de sus clientes, compitiendo en cantidad de público puesto en ordenada y quejumbrosa fila, con aquellas oficinas de empleo que prometen encontrar un puesto al menos apto y al más flojo.

Los pequeños negocios y comercios empezaron a albergar en sus segundos pisos, en un rincón de sus establecimientos, en las trastiendas que antes fueron almacenes, a estos individuos papelucheros que, sello en mano, marcaban de esperanza las querellas demoradas por siglos. Hasta los ambulantes hicieron negocio con resúmenes legislativos y manuales para escribir cartas notariales.

El gobierno puso entre la espada y la pared al Poder Judicial, acusándolo de ególatra por su primer pronto fallo. “Ahora pues”, parecía decirle el Presidente de la República desde su cómodo sillón, viendo como las marchas y protestas se trasladaban de su puerta a la de la Corte. La balanza empezaba a inclinarse por el lado menos esperado.

Como es lógico, apareció además la primera mafia de las acusaciones. Todos tenían algo que ocultar que era fácil de hacer público y notorio. Los medios de comunicación y las tecnologías ayudaron a difuminar esa plaga de la verdad virulenta, ese enjambre de entredichos que hicieron pelear al hombre con el hombre, al hermano con su hermano.

Los delatores pasaron a ser individuos profesionales que, como tantos, vivían de lo ilícito. El suyo era un gremio reservado, por temor a las infidencias, y muy unido. No había secretos que guardar, así que la mayoría prefería las oficinas de grandes ventanas y mantener siempre las puertas abiertas a los oídos atentos.

En los periódicos, las páginas judiciales competían en grosor con las de los avisos clasificados. Se publicaban nuevas leyes y normas sobre el derecho a la privacidad, veredictos semanales, fallos, apelaciones, sentencias, columnas de habladurías, acusaciones infundadas, los últimos entredichos y hasta una sección titulada “El juicio del día” con programación incluida por TV.


Todos tenían un tío abogado, un vecino juez, una amiga demandada o un primo demandante. Estaban los que ofrecían arreglar un juicio en veinticuatro horas, los más realistas que garantizaban una considerable reducción de penas, como si se tratara de grasa abdominal, los que decían conocer jueces coimeros y, por último, los que te aliviaban los días en el encierro con fastuosidades.

Pero todo, como en las películas, tiene su final, y las acusaciones infundadas empezaron a desaparecer cuando se perdió el control. Cansados de tantas y tan tenaces protestas, los jueces mandaban a hacer penitencia a los agraviantes y también a los agraviados. Las iglesias aumentaron su clientela con no-fieles que debían reflexionar rosarios completos. Antes de ver la viga repara en tu ojo, o algo así, referían durante los dictámenes.

Los castigos se hicieron más benignos y, de alguna manera, más justos. Las malas bocas eran sancionadas con agua y jabón; mientras que muchos de los juicios pasaron a discutirse en las barras de los bares, resolviéndose como en los juegos de mesa: “Usted retrocede tres casillas”, “Pierde una oportunidad de juego”, “Ceda el turno a su compañero”.

Si usted era abogado olvídese, sus días estaban contados y las cuentas de sus servicios volvieron a estar impagas. Es cierto que la gente empezó a discutir más, pero litigaba menos. Las honras se diluían en los jarrones de cerveza y los correveidiles sucumbieron por la falta de mercado; los temas prohibidos pasaron del secreteo al debate común.

No puede decirse que pasáramos a vivir a una sociedad mejor, pero al menos dejamos de interesarnos en los pormenores mórbidos de la vida de los otros. En mi caso, como en el de muchos compañeros de trabajo, nos sentimos algo heridos por el nuevo sustantivo con el que descalificaban a nuestra humilde profesión. Los periodistas, fotógrafos y reporteros pasamos de representar la voz del pueblo a ser los tristemente recordados delatores.


Lima, octubre de 2008

11 de septiembre de 2009

Pasión de hielo



Un inventor quiere salvar los glaciares pintándolos de blanco. Un científico norteamericano se muda a Huaraz para estudiar el hielo. Un grupo de expedicionarios, artistas y escritores viaja por el mundo documentando el derretimiento de los nevados. Todos ellos se preguntan: ¿Por qué somos tan fríos con la salud del planeta?



Por: Javier García Wong Kit
Fotografías: Ruth Anastacio V. y Andrea García W. K. (Huaraz)

En un bar sicodélico oculto en San Isidro, aguardo junto a otras cinco o seis personas el inicio de “Green Drinks”, una suerte reunión nocturna para debatir temas ambientales en medio de tragos, tapas y música lounge. La propuesta se realiza en varias partes del mundo y ha llegado al Perú en junio de este año.

De día, el LuChi Bistro es un restaurante de comida fusión muy elegante, con influencia asiática, pero de noche ofrece una cara camaleónica, que mezcla instalaciones artísticas, shows burlesque y Open Ipod DJ’s, amenizadas con coloridas bebidas frozen de frutas amazónicas y servidas en copas estilizadas.

Esta noche su apariencia es ecológica, por eso el bar está casi vacío y nadie cruza la pista de baile desértica. En una mesa, un grupo de extranjeras le dan vida al ambiente apenas iluminado por fluorescentes lilas que hacen brillar los sillones blancos. De las paredes cuelgan cuadros con mariposas disecadas y otros de motivos japoneses.

El tema es la importancia de salvar los glaciares, esas enormes y lejanas montañas congeladas que parecen no tener nada que ver con la diligente vida de las ciudades. ¿Cómo hacer para que la gente se interese por una masa de hielo que parece no guardar relación con su andar cotidiano?

Eduardo Gold tiene apellido de metal precioso pero lo que él en realidad adora son las montañas y sus nevados. Está aquí para presentarnos una propuesta de su invención que, quien la oyera pensaría se trata de un disparate: Pintar los nevados derretidos de blanco para ayudar a bajar la temperatura.


No es broma. Gold es un inventor que por años estudia los glaciares y ya antes había tenido una idea, cuando menos, cuestionable: Colocar hielo seco en los glaciares para que éste absorba el calor solar. Según sus investigaciones, se necesitarían unas 300 toneladas de hielo seco para salvar un solo nevado.

Volvemos entonces al “Green Drinks” y, una vez que Gold ha encendido el proyector para mostrarnos un video en el que explica el progresivo derretimiento de los hielos elevados, se oyen algunos cuchicheos. Un hombre sentado a la mesa del anfitrión trata de controlar un bostezo. Otros ríen de un chiste privado. Una mujer inclina su copa de vino.

Miguel Flores escucha atentamente a su amigo Eduardo Gold, con una mano sosteniendo su quijada y sus dedos extendidos sobre su mejilla. En la cabeza lleva una boina que oculta una calvicie victoriosa y varias canas largas y rebeldes. Carga al cuello una cámara fotográfica que no tardará en disparar. Es un artista, me dice.

Cuando la proyección acaba empieza la ronda de preguntas. Una joven chilena, ingeniera química de profesión, quiere saber lo que costaría pintar todo un nevado. Otro cree que la pintura contaminaría el glaciar que luego será agua para la población. La misma chilena interroga a Gold sobre los antecedentes del experimento.

El inventor de la ONG Glaciares Perú absuelve las preguntas incrédulas una por una: 900 dólares por hectárea y 600 más en mano de obra. Como la pintura es de cal antiséptica, es inocua y se podría producir en el mismo lugar donde está el glaciar para generar puestos de trabajo.

Flores dispara un flash y Alex Rosenberg, el anfitrión de la noche verde, interrumpe el diálogo para dar paso a otra ronda de bebidas. Desde quién sabe dónde suben lentamente el volumen de la música y todos vuelven a sus tragos como si nada de esto fuera real, como si la película hubiera terminado.

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La Universidad Católica del Perú debe ser la institución que vive mejor el “clima de cambios” que ha producido el calentamiento global. El campus está invadido de tachos de basura segregada y mensajes en pancartas que promueven el reciclaje y proponen un estilo de vida menos consumista.

Hasta aquí llegaron diversos científicos norteamericanos, autoridades locales y otros interesados para participar en la conferencia-taller internacional llamada “Adaptándonos a un mundo sin glaciares”, un título apocalíptico que va muy acorde con la visión de la mayoría de los especialistas.

La conclusión de estas largas ponencias es tan simple que le quita todo dramatismo al asunto: los nevados se están extinguiendo irreparablemente. Muchos glaciólogos actúan con la misma disposición de aquellos doctores que van a visitar a los enfermos terminales para decirles cuánto tiempo les queda de vida.

Los pronósticos, por fatalistas que sean, no encienden al auditorio: para el 2021 la temperatura subirá tres grados en promedio, una variación que no se había registrado en tres mil años. Para el 2030 la escasez de agua originará una crisis mundial. Para el próximo año se alcanzará una cifra record de calentamiento en el planeta.

Se ha hablado de la lenta muerte del agrietado casquete glaciar Quelcaya, en Cusco. Se han recordado las nieves del Kilimanjaro que describió Ernst Hemingway, y que están a un paso de la desaparición. Se ha despedido anticipadamente al nevado Yanamarey, que en cinco años será una fotografía, y se ha hecho un réquiem por el Broggi, agotado el 2005.

Después de las primeras tres exposiciones se propone un receso. Todos pueden degustar un café para entibiarse del tímido invierno limeño, que alterna cielos intensamente blancos con otros soleados. Algunos se desperezan en sus butacas mientras otros salen raudos del auditorio por aquella cafeínica promesa.

Afuera, sociólogos, investigadores y otros estudiosos de la casa se reúnen para departir con los estadounidenses y los demás invitados sobre tanto desastre natural, tanto caos y destrucción. Todos beben alegres en vasos de poliestireno que van a parar en el único cesto de basura sin segregar.

¿Nos importa en realidad el calentamiento global o es una moda para aparentar que somos responsables, para demostrar que estamos bien informados, para sorprender con aquella cifra impactante que nadie conocía? Y si así fuera, ¿nos interesa el bienestar de la Tierra en sí misma o el de nosotros?

Si los tomadores de decisión discuten del tema en medio de carcajadas, arrojando sus vasos contaminantes y cotidianos sin reparar en dónde, ¿qué podemos esperar del resto de la gente? ¿Alguien se toma en serio la salud del planeta? Las anfitrionas nos piden regresar. Yo bebo el último trago de mi café y lo dejo culpablemente sobre una mesa.


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Las agencias de turismo están ofreciendo cruceros hacia la Antártida para inexpertos aventureros. Los centros de esquí están cubriendo con lonas asfálticas las cumbres empinadas para conservar el hielo deslizante. Los científicos están creando nieve artificial y los empresarios construyendo pistas de hielo para patinaje donde hace calor.

Jugar con hielo parece ser un entretenimiento para quienes pueden usarlo en lugar del agua de los carnavales. O para quienes tienen la sangre fría, o no se han puesto a pensar en lo que la irradiación solar y la contaminación hacen en el ambiente. Los glaciares son quizá las primeras víctimas de este fenómeno llamado Calentamiento Global.

Los recurrentes ejemplos de que la Cordillera Blanca está a punto de perder su adjetivo, o que los famosos Alpes ya no son los distinguidos caballeros suizos de cuello blanco, no sacuden las aguas. Quienes han viajado a Huaraz y han visto el Pastoruri seco y rocoso vuelven a Lima momentáneamente indignados. Y a otra cosa.

Ana Cecilia Gonzales Vigil es fotógrafa y a inicios de año fue contactada por Cape Farewell, un grupo de científicos y artistas expedicionarios que desde el 2003 ha viajado hasta los confines de la Tierra para, como el coronel Aureliano Buendía, conocer el hielo. O lo que de este queda.

De la mano de su fundador, el diseñador y cineasta David Buckland, Cape Farewell ha reunido a músicos, fotógrafos, escultores, escritores, artistas visuales y activistas por la ecología, entre los que se encuentran el galardonado novelista Yann Martel y el reconocido Ian McEwan.

Han llegado hasta el Ártico y Groenlandia para dejar su huella creativa (un mensaje escrito en hielo, una estatua humana) y traer de ella una lección a través del arte. Las fotos y documentales capturados en esos gélidos parajes han sido presentados en galerías y museos de Alemania, Estados Unidos, España, México y el Reino Unido.

Este año, los expedicionarios llegaron al Perú para cruzar la Cordillera de los Andes e internarse en la amazonía. El resultado fue un recorrido por la biodiversidad y el cambio en los ecosistemas que están produciendo el calentamiento global y la propia mano “productiva” del hombre.

Sentada en un café de una galería barranquina, Ana Cecilia Gonzales Vigil me dice que fue una experiencia fascinante de tres semanas, que tuvieron que andar por trechos con el lodo hasta las rodillas, adentrándose en la selva virgen con todos los equipos de filmación y fotografía al hombro.

Partieron de la ciudad del Cusco, con rumbo a Wayqecha, en donde atravesaron su bosque nublado. Luego se detuvieron en un campamento en Tres Cruces, siguieron por la Trocha Unión hasta San Pedro, alcanzando los tres mil novecientos metros para luego descender por la espesura de la selva.

Caminaron hasta la provincia de Atalaya, en Pucallpa, y de ahí continuaron hasta el Manu, y su reserva, junto al cauce del río Madre de Dios, para descansar por breve tiempo en la Estación de Investigación Los Amigos, antes de pasar por Laberinto, Puerto Maldonado y, finalmente, Tambopata.

El 12 de julio, en la bitácora virtual que llevaban con el Twitter, escribieron: “Tantas mariposas, monos aulladores, arañas enormes, ardillas gigantes”. Y luego ese mismo día: “Cadáver fétido no identificado, renacuajos, sapo grande, lagarto verde, rana diminuta, una mujer que odia a los guacamayos”.

Pero lo que Ana Cecilia Gonzales Vigil recuerda es el techo de sombra producido por los árboles, el calor agobiante de más de 35 grados, los pantanos, los árboles flacuchos de apenas diez centímetros de diámetro y esa sensación de sentirse tan pero tan pequeña en la inmensidad de la naturaleza y su reino.

Lo que quizá no quisiera recordar son los escampados donde la selva desaparece por las explosiones de las compañías que están buscando petróleo. Eso y la comprobación de que el cambio climático ya se vive en los suelos amazónicos. “Hay especies que están migrando a mayor altura, en busca de temperaturas más altas”, me dice.

Las plantas se acondicionan a nuevos tipos de tierra, nace una nueva generación de árboles, con otro clima y ambiente, miles de mosquitos desaparecen quizá para siempre, algunos pájaros cambian de árboles y de entorno. Ana Cecilia cree entender poco de ecología, pero ha visto y sabe más que cualquiera.

“Las mariposas adoran nuestras medias. Los monos se cagan frente a nosotros. Ha sido el mejor día”, escribieron ese mismo día, el último en la jungla, no sin antes descubrir las aguas oscuras del río contaminadas de mercurio, esas aguas que alimentan plantas, animales y personas.

Entonces la fotógrafa me revela algo que me deja pensando: “Los científicos dicen que la cantidad de mercurio es más alta en las especies que se han alimentado de otras que lo ingirieron primero”. Es decir, estamos frente a una cadena de enfermedades imparable como bola de nieve.

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Fritz Berger, ese personaje de la antiayuda que publica sus recomendaciones en la revista Etiqueta Negra, dice que hay que disfrutar del calentamiento global, y aconseja no lavar los autos porque el desorden climatológico proporcionará una serie de lluvias permanentes que harán la tarea por usted.

También dice: “Pierda el miedo a la naturaleza. El impacto del clima es más rotundo en los seres indefensos como los animales”, y añade que, en el futuro, todos tendremos vista al mar por el deshielo que está aumentando el nivel de los océanos hasta tenernos rodeados. El socialismo ecológico.

¿Estamos irremediablemente condenados al deshielo que ya es tiempo de tomarlo con resignado humor? Para Jorge Recharte, director del Instituto de Montaña, no hay vuelta atrás para los glaciares, solo nos queda analizarlos para saber cuánto más resistirán.

“Para el 2030, todos los nevados que estén a menos de 5,500 metros en el Perú van a desaparecer. Ya lo estamos viviendo cuando pasamos por Ticlio, por ejemplo. Y esos nevados son los que alimentan a Lima”, dice empleando mapas, dibujos y animaciones por computadora que explican entretenidamente algo que no es divertido.

Durante casi un año, el fotógrafo de Nacional Geographic, James Balog, retrató el envejecimiento y derretimiento del glaciar Mendenhall, en Alaska, condensando en un video de 1,10 minutos el retroceso de los hielos, como parte de su estudio gráfico Extreme Ice Survey, para el que utilizó 27 cámaras.

En julio, el científico norteamericano Lonnie Thompson, el más prestigioso glaciólogo, quien no cree en poner espejos que reviertan los rayos solares o sombrillas para ocultar a los nevados, viajó con un grupo de científicos hasta Huaraz para estudiar los hielos sobrevivientes, capa por capa, en busca de una respuesta.

“Lonnie Thompson está tratando de entender los climas del mundo a través de los glaciares. Es como si una biblioteca se estuviera incendiando y él quisiera salvar los últimos libros”, explica Recharte quien, por otra parte, tampoco cree en esos inventos salvadores que buscan rejuvenecer las cumbres de hielo.

Según el Premio Nobel de Física estadounidense, Steven Chu, pintar el techo de blanco hace que el calor se concentre en menor medida, reduciendo el nivel de la radiación. Bajo esa misma premisa es que Eduardo Gold quiere pintar la roca de los nevados, tal como se hiciera en la ciudad española de Almería con los techos de cobertizos e invernaderos.

Pero Recharte, quien ha visto cómo la agricultura rural ha ido subiendo y adaptando cultivos en tierras cada vez más altas, ganándole espacio a los nevados pero quedándose sin agua para regarlos, cree que la mejor inversión es la que se hace en la educación de la gente. “Si no se les enseña no entenderán el problema”.

Más aún, opina que si los glaciares están en retroceso, hay otras fuentes de agua que deberían cuidarse, tales como los bosques de niebla y los páramos, que tienen roles igual de importantes que estos bloques de hielo pero que no se está trabajando para conservarlos.

Salvar glaciares parece más urgente, o acaso más romántico, según los puntos de vista. Mientras tanto, los pueblos de alta montaña viven cada vez con menos agua, ven los nevados más grises, como si estuvieran enfermos, y temen la llegada de la hora en que terminen de derretirse y los sepulten.

Por si fuera poco, el agua proveniente del deshielo corre el peligro de contaminarse por las rocas mineralizadas y el polvo que viaja miles de kilómetros desde los campamentos mineros por las explosiones, lo que produciría agua ácida que mataría el ganado y los nuevos cultivos.

“Los glaciares son animales vivos que respiran y enferman”, apunta Recharte, quien me cuenta que lo nuevo es el invento de un físico cusqueño que está trabajando para hacer nieve usando nitrato de plata. Lo viejo es que nadie lo sabe. Nos estamos quedando sin hielo, pero mientras haya con qué enfriar las bebidas, la fiesta se lleva en paz.

3 de septiembre de 2009

Fresán y el libro futuro


«Contar buenas historias
de la mejor manera posible:
Allí empieza y termina todo»,
Rodrigo Fresán (Revista Teína).


UNO
Acaba de “aparecer” el último libro de Rodrigo Fresán, ese escritor tan argentino que, tal vez por esa misma razón, es admirado por muchos y odiado por muchos más. Yo estoy entre los primeros y, aunque no he mencionado que el libro se titula “El fondo del cielo” (Mondadori 2009), creo que primero debo aclarar las comillas que adornan la palabra aparecer.

DOS
El libro de Rodrigo Fresán existe y no. Me explico: la novela figura en los catálogos de algunas librerías de España (Casa del Libro, La Central, La IE, Picasso, Celesa), con un precio sugerido de 18,90 euros e incluso ya adelantan una portada, con una ciudad bocabajo y el reino de los cielos nublando todo el margen inferior. Más nada. O muy poco.

TRES
Por lo tanto (ergo, therefore) debemos concluir que esta novela de Fresán es un fantasma. Un espectro errante que no es nuestra peor pesadilla, pero sí el sueño inmaterial de muchos que aguardábamos impacientes desde “Jardines de Kensington” (2003), o incluso desde “La velocidad de las cosas” (2002), un nuevo libro suyo.

La nueva novela de Rodrigo Fresán es un monstruo. Un mutante que cambia de apariencia de blog en blog, y que está programada, como por una computadora con sentimientos, para llegar el 16 de octubre. Las palabras “Preestreno” y “Próxima aparición” hablan de ella como si se tratara de un libro más en la saga de Harry Potter, el aprendiz de brujo.

CUATRO
El argumento (cortesía nuevamente de Casa del Libro) es este:

“Dos jóvenes unidos por el amor a otros planetas y a una chica de poderosa belleza. Alguien que nos mira y que no puede dejar de mirarnos. Una novela legendaria. La nieve, las estrellas, y esa noche definitiva en la que todo termina para que así comience la historia secreta del universo. Bienvenidos al fin de los finales del mundo”.

CINCO
La nueva novela Rodrigo Fresán es de ciencia ficción y en ella se “explora los cruces espacio-temporales, el amor como fuerza mayor que rige los destinos”. Y, aunque esto sea la más pura especulación, vuelve a uno de los paraísos literarios del autor: la obsesión por un tema, una escena, una figura, una ventana maldita por la que el escritor se arroja en un viaje digresivo y espacial.

SEIS
La nueva novela de ciencia ficción de Rodrigo Fresán es aterradora. Solo eso se puede esperar de un autor que admira, como solo puede admirar un gran lector (es decir, con las tripas) de “Matadero cinco”, de Kurt Vonnegut, “La invención de Morel”, de Adolfo Bioy Casares y “2001: Odisea en el espacio”, en la versión de Stanley Kubrick.

Y no nos olvidemos de su venerado Philip K. Dick. Ni de Bob Dylan, de los Beatles, de John Cheever, de Borges (siempre está Borges) y de Kafka y de Roberto Bolaño, por hacer una enumeración concisa de las influencias que pueblan las ciudades perdidas (Canciones Tristes) de este escritor. Ojalá él no los haya olvidado.

SIETE
Y aquí vamos parando la mano, porque una cosa es hacer ciencia ficción, como Fresán ya ha demostrado que lo puede hacer, y otra muy distinta es escribir de lo que no sabemos. Y de la nueva novela de ciencia ficción de Rodrigo Fresán, llamada “El fondo del cielo” que aparecerá en octubre próximo, con 272 páginas, sabemos tan poco como podemos llegar a saber del propio Fresán.

Amén.

Bonus track:
“Inacabable como esperamos que siga (tiene nueve libretas con ideas para nuevos libros), Fresán está trabajando en este mismo instante en “La parte inventada”, el libro después del libro futuro que esperamos como llegado en una cápsula espacial.

26 de agosto de 2009

¿Por qué amamos a los serial killers*?

*Según la terminología de la FBI, un asesino en serie es “un individuo culpable por lo menos de tres asesinatos cometidos de acuerdo a un modus operandi similar”.

Los serial killers son el equivalente a los héroes de los comics y de los príncipes azules en los cuentos de hadas. ¿Por qué nos gustan tanto los libros y películas que los tienen de protagonistas? A propósito del libro “Elogio de la pieza ausente”, de Antoine Bello, quien analiza en su novela a estos personajes, propongo algunas respuestas.

1. Porque son diabólicos. Se les adjudica un pensamiento criminal basado en trastornos psicológicos producidos en la infancia y, en no pocas oportunidades, por una estricta educación religiosa. Esto los hace pasar a la otra acera, la del satanismo y otras adoraciones oscurantistas.

Los ejemplos, en este caso, los proporciona gentilmente la realidad: Charles Manson es un ícono de la cultura popular que engendró su fama a través de una secta de filosofía orientalista donde estaban permitidas las drogas, el sexo libre y otras mieles sazonadas con sangre.

La Familia Manson fue acusada de varios crímenes, entre los que destaca el de la esposa del cineasta Roman Polanski, Sharon Tate, quien tenía ocho meses de embarazo cuando fue asesinada. Por si fuera poco, el 2003 el fervoroso Gary Leon Ridgway fue condenado a cadena perpetua por ser responsable de la muerte de 48 mujeres.

Este pintor de camiones de Auburn, Washington, a quien le gustaba predicar de puerta en puerta la salvación de su iglesia Pentecostal, es ahora el mayor asesino de los Estados Unidos. Un personaje delirante que tiene su “atractivo” precisamente en esa condición religiosa que lo llevó a matar en nombre de Dios.



2. Porque son misteriosos. No conforme con atraer cruelmente la atención de la sociedad, estos seres presentan sus crímenes poco a poco, y manteniendo un estilo que ‘engancha’ a la audiencia. Sus métodos, en palabras de Antoine Bello, son “mensajes codificados en un lenguaje dirigido al mundo que los contempla”.

Entonces, cual detectives de sofá, calculamos todos sus movimientos, adivinamos sus mecanismos y deslizamos teorías que ayuden a los expertos en criminología de CSI a dar con los culpables. Si hay un producto ‘reality’ que se presta para el show es, sin duda, la labor meticulosa del serial killer.

Más aún, la saga del doctor Hannibal Lecter y la película “American Psycho” los muestran como seres inteligentes, cultos, seductores y sexys. ¿Quién no quisiera charlar con el erudito Lecter o acompañarlo en una exquisita cena aunque uno vaya a ser el postre? Ni qué decir del metrosexual y ultraviolento Patrick Bateman.

Algo de atractivo tienen quienes matan despreocupadamente y por placer. O a los escritores les gusta imaginarlos de esa forma, tal vez para completar alguna fantasía erótica, sangrienta y, en resumidas cuentas, mórbida. Guapos, misteriosos y malditos, una combinación sin duda inagotable.


3. Porque hacen lo que nosotros no podemos. Y aquí radica el quid del asunto: ¿Cuántas veces hemos querido matar a alguien pero nos resistimos por las consecuencias? Pues los serial killers están para darse el gusto y ante eso no nos queda más remedio que contemplar su obra con admiración.

Dice Bello que los serial killers “liberan en el homicidio los deseos y las frustraciones que el individuo normal canaliza en su producción imaginaria, en sus relaciones sociales y, en algunos casos, en el arte”. Eso es lo que les da su condición de héroes, sin que ello signifique hacer una apología del delito.

La cantidad de libros que compendian a estos individuos como si se tratara de celebridades (ver “Psicokillers: Perfiles de los asesinos en serie más famosos de loa historia”, escrito por Juan Antonio Cebrián), y la posteridad que han alcanzado (el primero del que se tiene noticia data de los años setenta) hablan por sí solos.

La pregunta es: ¿Los admiramos por matar? Tal vez los admiramos por no reprimirse, una respuesta que tiene mayores explicaciones en los videojuegos que ofrecen esa fantasía cada vez con mayor detalle (léase tortura, estrangulación, necrofilia, sadomasoquismo, abuso sexual y otros entretenimientos).



4. Porque son exhibicionistas (ver “Asesinos por naturaleza”). Y aquí vuelvo a Antoine Bello, quien bien señala que “una patología común de los asesinos en serie es su exhibicionismo. Matan en la sombra pero buscan la luminaria de la publicidad. La gran mayoría confiesa sin dificultades sus crímenes y motivaciones”.

Además, todos, sin excepción alguna, coleccionan los recortes de prensa que relatan sus hazañas (“El Dragón Rojo”) y hacen de los medios de comunicación su mejor vitrina. Llega el momento en que los sofoca el anonimato y ruegan por explicarse públicamente. Son los magos revelando sus trucos.

Ese orgullo que sienten por su trabajo los hace ególatras pero rara vez antipáticos. Nuevamente Bello señala que “una vez encarcelado, el asesino en serie se comporta como un verdadero hombre público, preparándose gustosamente para las entrevistas, redactando sus memorias y contestando sin rodeos a las preguntas del fiscal”.

Un detalle más: rara vez se arrepienten de sus actos, ingrediente que en su ausencia los enaltece. Nadie espera de ellos patéticas muestras de culpabilidad que arruinen su mal ganada imagen. Y aunque así lo fuera, nadie estaría dispuesto tampoco a darle su libertad o acaso a condolecerse de ellos. Total, son asesinos.

Hasta aquí los motivos, a los que bien podría agregárseles otros como ser metódicos (fieles a un procedimiento), estrafalarios (prefieren las armas blancas a las de fuego), arriesgados (al dejar constantes pistas en escena a sus perseguidores) e impredecibles (siempre son quien uno menos espera).

Pero tal vez uno que no debe dejarse escapar es que son seres que se han condenado por propia mano. Su obra malévola tiene un inicio pero, sobre todo, tiene un final. Inconcientemente, quieren que los detengan, llegado el momento. Es parte de un plan cuyo éxito no está en la repercusión de sus actos sino en su condena.

Y, contrariamente a lo que se cree, nunca es la policía la que termina con la serie, sino el propio asesino. En ese acto de soberbia se halla su cuota de arte. Conocen cómo acabará el libro o la película aunque no figuren en la escena final. Son el retrato de una sociedad torpe que no entiende los conflictos espirituales que genera.

20 de agosto de 2009

Cuentos para salir de la rutina


Tres cuentos que se escribieron juntos y que ahora, por fin, han encontrado un lugar menos convencional donde reunirse. La narración es mía, pero el diseño y dos fotografías interiores pertenecen a Beatriz Torres. La tercera es de Stefania Grünspan. La foto de portada y contraportada es obra de Marko Kirin.
Para ellos mi agradecimiento.

Pueden descargar el PDF siguiendo este enlace.

El autor.

13 de agosto de 2009

Muertos en clase*


Estudiar la muerte para resolver la vida. Aunque los doctores son reconocidos como héroes por salvar personas, su primer acto de valerosidad se presenta cuando todavía son alumnos y deben practicar con cadáveres. Tener un muerto en clase es una experiencia única que, a veces, se convierte en toda una aventura.


Por: Javier García Wong Kit
Fotos del autor

La primera vez que vio a un muerto, Luz tenía 16 años y recién había acabado la secundaria en un colegio parroquial de Lima. Estuvo entre los primeros lugares de una academia preuniversitaria, en febrero del 2001, y su madre decidió que si iba a seguir Medicina debía conocer antes, no en vivo pero sí en directo, a un cadáver.

Su trabajo en la policía de investigaciones, que la familiarizó con los crímenes, la investigación forense y el levantamiento de cadáveres, le facilitó el ingreso a las instalaciones de la Morgue de Lima, donde le mostró la cara más fea de la muerte a su única hija, a la que quizá en otras circunstancias sobreprotegía pero no en esta ocasión.

Luz entró con los ojos cerrados, agarrada del brazo de su mamá. En la oscuridad de su temor, solo pudo escuchar el sonido del serrucho que operaba un doctor, quien en un momento la sujetó del hombro a la espera de su desmayo. Ella pudo mantenerse en pie, superando la prueba de fuego que la prepararía para lo que vendría después.

“Fue la peor cosa que vi, pero fue una buena idea porque cuando me tocó entrar al anfiteatro de medicina lo hice con más seguridad”. En la primera clase les tocó agarrar un cadáver para hacerle incisiones y mucha gente no lo aguantó. “Yo me puse adelante, sin miedo, y me ofrecí a disecar un brazo”.

Luz cuenta que los profesores de Medicina suelen ser más fríos que los muertos cuando se trata de estudiar la anatomía humana. Ellos ven a los cadáveres como simples objetos de estudio. En esos días iniciales, ponen a prueba los nervios y estómagos de los alumnos para ver con qué material cuentan.

Hay quienes se desmayan al ver a los cadáveres abiertos, tendidos, mutilados, amarillentos y olorosos a irritante formol. Otros vomitaban o decidían salirse de la clase. Peor para ellos porque en una semana tendrían que compartir cuatro horas de clase con los muertos, por lo que si querían aprobar el curso más valía acostumbrarse.

El formol sería el aroma que acompañaría a Luz en ese primer año de estudio, el mismo olor que le impediría comer en paz por las tardes y con el que lucharía tercamente por arrancarlo del mandil que lavaba con lejía para desinfectarlo. Ese olor, ese lacrimoso y picante olor, y la expresión de los muertos con los que estudió.

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La Facultad de Medicina de San Fernando tiene la apariencia de una casa embrujada por el olor a polvo, el techo y las paredes de madera crujiente, los ecos que rebotan malsonantes en ella y el deambular de las almas en pena de los jóvenes estudiantes que revisan, silenciosos, sus enormes libros en cualquier espacio disponible.

Parecen aprendices de hechiceros descifrando en sus tomos ilustrados los puntos débiles que un dios antojadizo puso en el cuerpo humano; los resquicios donde se alojarán los temibles virus y bacterias que nos harán faltar al trabajo o a la escuela. Tienen rostros de púberes con mirada de adolescentes que ya piensan en cosas de grandes.

En la calle nadie notaría sus mandiles blancos doblados por la mitad, escondidos en la mochila que viaja aplastada en el microbús. Algunos prefieren exhibir el ilustre atuendo para ganar sus primeras miradas de admiración. Quién no quiere tener un doctor en casa, aunque no sepa todavía qué provoca la sinusitis o cómo aliviar la carraspera.

Muchos todavía no lo saben pero esta profesión requiere memoria de elefante, ojos de águila, agallas de matador y sangre fría de carnicero (tal como una receta de brujo). Habrá quien crea que siempre puede contentarse con ser odontólogo, obstetra o enfermero. Peor para ellos porque no les será esquivo el trato con la muerte en persona.

Omar fue hasta hace unos años estudiante de Medicina y ahora es un docente que trabaja con cadáveres, les pinta las venas y arterias para facilitar su estudio. Estar con ellos ya es parte de su rutina y, aunque no lo asusta ni le produce los ascos iniciales de los ‘cachimbos’, no deja de lagrimar cuando el formol le sube por las fosas nasales.

Estamos frente a una tina que contiene los rezagos de lo que alguna vez fueron extremidades inferiores disecadas. Un manojo de piernas humanas de tendones petrificados que acaban en uñas largas. Están tan secas que es difícil reconocerlas, aunque todavía se distinguen las rótulas de las rodillas y los dedos de los pies carcomidos.

‘Oso’ está a punto de deshacerse de ellas. ‘Oso’ es el encargado del mantenimiento de los cadáveres, aunque también se da tiempo para gestionar su llegada a la Morgue de Lima, preparar los cuerpos para las horas de prácticas y para mantener una sonrisa escondida detrás de su mascarilla en medio de la pestilencia.

‘Oso’ me dice que hay cada historia detrás de los cadáveres. Víctimas de asesinatos en provincias que nadie reclamó, cuerpos desconocidos en la morgue que son donados a las universidades para estudio y que luego, y solo en algunos casos, son reclamados por sus familiares que recogen lo que queda de ellos.

Esta delirante escena suele presentarse en las aulas. Los padres de una joven rebelde llegan al último lugar donde pensaban que podía estar su hija desaparecida. Una tarde vieron por la calle al novio con el que debió haberse fugado. Él no entendía de lo que le hablaban. Recorrieron comisarías, hospitales y la morgue hasta llegar a San Fernando.

Se llevaron solo restos humanos, un revoltijo de órganos abiertos, carne reseca y huesos amarillentos que lograron reconocer por una marca de nacimiento. “A mí me da fastidio”, dice Omar. “Trabajamos tanto con los cuerpos para que vengan y se los lleven. Nos quedamos sin material para el resto del ciclo”.

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De acuerdo con el “Reglamento de cadáveres, autopsias, necropsias, traslados y otros”, el uso de cadáveres para efectos de investigación, requiere el consentimiento de la persona en vida, del familiar más cercano en el momento de la muerte, o cuando el Ministerio Público ordene la autopsia.

Además agrega que las instituciones médicas que trabajen con los cuerpos deberán informar periódicamente al registro Nacional de Cadáveres sobre sus actividades, ya que la venta ilegal de órganos genera mafias que suelen involucrar a traficantes inescrupulosos y a clientes necrófilos.

Acaso el cuerpo muerto más deseado haya sido el de la Mata Hari, la famosa bailarina exótica de la Primera Guerra Mundial quien además fue espía. Luego de ser detenida y procesada ante un tribunal militar en París, la acusada que había seducido (literalmente) al poder de los aliados fue condenada a muerte.

Muy a pesar de sus amantes, Mata Hari fue fusilada en Vincennes, el 15 de octubre de 1917. Muchas versiones se han tejido entorno a su figura, su ejecución y el destino de su cadáver. Lo que sostienen los historiadores es que nadie reclamó sus restos, por lo que fue a parar a las púberes y frías manos de estudiantes de medicina.

En la Facultad de Odontología de la Universidad Mayor de San Marcos hay un pene que nadie desea. Aunque muchos lo recuerdan con una dosis de humor de una clase de disección. Se encuentra en un frasco grande de formol, desde hace nueve años, en una galería dominada por fetos que los estudiantes disecaron en sus prácticas.

Luce como un minúsculo trofeo de guerra, marchito, enredado por sus terminaciones nerviosas, difícil de identificar a primera vista. Ya en primer año, los alumnos llevan cursos de anatomía que involucra el estudio de las venas, arterias, músculos y órganos. Inclusive hay todo un curso dedicado al cuello y la cabeza.

El Dr. William Cárdenas es docente desde hace apenas un año en San Marcos y cuenta que al inicio del curso perdió el apetito por tener que trabajar con cadáveres. El olor y la imagen de los cuerpos muertos no lo dejaban en paz. Ahora ya se ha acostumbrado, aunque no pierde el hábito de colocarse la mascarilla cuando descubre uno de ellos.

Él explica que cuando los cadáveres llegan a la facultad son tratados durante tres meses con ácido fenólico y glicerina para fijar los tejidos y evitar que los cuerpos se descompongan. Eliminan toda la sangre y las grasas, y los guardan en fosas de formol. Esto permite que los cadáveres puedan estudiarse hasta por siete años.

La diferencia entre un muerto joven y uno viejo es notoria. El joven todavía luce vello púbico en la zona genital y en la cabeza. Tiene la piel curtida, amarillenta (como cuero de carteras), un penetrante olor y una presencia inquietante. El viejo en cambio es ocre, seco y poco llamativo.

Contemplar un muerto viejo es contemplar la muerte de un cadáver. Todo en él se vuelve inútil y peor si está muy “usado”. El corazón se parece a un trapo sucio, el rostro apenas y se distingue, la carne que quedó pegada al hueso es como las sobras de un plato de pollo que fue devorado con ansias.

Es curioso que aún en el mundo de los muertos un cuerpo femenino sea más codiciado. En promedio, uno de cada nueve cadáveres que llegan a las facultades son mujeres, por lo que los alumnos deben aglomerarse para estudiarlas. Por eso siempre resulta una gran pérdida que alguien venga por ellas.

A mediados de febrero de este año, los estudiantes de Odontología de San Marcos vieron llegar un ataúd al segundo piso, donde se ubica su anfiteatro, en medio de un discreto operativo policial. Después de las verificaciones del caso, los restos del cuerpo de una mujer fueron identificados y devueltos a su familia para recibir cristiana sepultura.

¿Quién quiere un cuerpo muerto? Desde siempre, quienes han visto morir a alguien han enterrado sus restos. Lo hacían los hombres de las cavernas, los soldados en tiempos de guerra y lo hacen también los elefantes. En la Universidad del País Vasco, en España, existe el “Bosque de la Vida”.

Es un terreno lleno de árboles, aves silvestres, ofrendas forales y aire puro, dentro del Campus de Leioa, en un claro junto al embalse de Lertutxe, donde en unas columnas llamadas ‘árboles’ se guardan las urnas con las cenizas de los cuerpos donados para la investigación científica.

El lugar cuenta con una estructura de tubos y filamentos de acero que produce un paisaje sonoro con el silbido del viento. En el centro un árbol verdadero, un olivo, será el “testigo de la temporalidad”, y junto a él un banco “recordará la barca que Dante usara para realizar el último viaje”. ¿Quién dice que los científicos no tienen corazón?

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En las agotadoras jornadas nocturnas de estudio, Luz pensó que no eran suficientes los libros y los recuerdos disecados de las clases del turno de la mañana; y decidió junto a sus compañeros comprar una cabeza humana para estudiarla detenidamente en la calidez del hogar.

En aquel entonces, ellos sabían que no era difícil conseguir partes humanas con el personal de turno, sin embargo, el precio de llevarse una cabeza era indescifrable. El asunto era “alquilarla” por un tiempo y devolverla al final del ciclo. Luz fue una de las más entusiastas con la idea, así que la cabeza debería quedarse en su casa.

La tarde en que se la llevaron, escondida dentro de una mochila, los ocho contemplaron juntos el rostro del muerto, un hombre moreno, de mediana edad, grandote, con bigotes y cabello rizado, de nombre Manolín, que les había costado cerca de 100 soles. Era feo el tipo, pero era suyo.

Estudiaron sus músculos y arterias al milímetro como nunca. Comían (como ya lo habían hecho antes en horas de clase) con la cabeza al lado, pero solo Luz dormía con ella en su habitación. Al cabo de 15 días, aquel juguete anatómico al que le habían tomado cierto cariño, perdió utilidad.

Empezaba a secarse y Luz ya no podía seguir ocultándola dentro de su cuarto. Había que devolverla. Intentó contactar a sus compañeros una y mil veces, pero ellos siempre se excusaban o evadían cumplir con el encargo hasta que el ciclo terminó y ya no hubo forma de devolverla a la universidad.

El pánico se apoderaba de los razonamientos de Luz. Pronto la cabeza de Manolín apestaría la casa y entonces no habría forma de ocultarla ni de su mamá policía ni de su papá juez. No le quedó más remedio que confesar su delito, a sabiendas de que no podían ser tan duros con ella: había aprobado el curso con una altísima nota.

Un día, el agudo olfato para el crimen de su madre se adelantó a su confesión y, cuando limpiaba el cuarto de Luz, quiso mover de lugar aquella bolsa negra que tanto tiempo llevaba ahí. Entonces notó un raro olor. “¿Qué hay ahí? ¡Luz dime qué hay ahí o abro ahora mismo esa bolsa!”.

Luz recuerda con humor ese momento y los segundos siguientes en que su madre la obligó a deshacerse de la cabeza. Nunca había visto a su madre así y ella nunca hubiera pensado que su hija fuera capaz de hacer algo así. Aunque en secreto lo sospechaba. Juntas se lo contaron al padre para que las ayudara con esa última tarea universitaria.

Pero no era tan fácil. Dejar una cabeza humana en la basura, tirarla a la calle o arrojarla al río eran opciones que estaban fuera del alcance moral de ella y de su familia. Por más que lo pensaron y llegaron a intentar. La respuesta estuvo (como en la mayoría de situaciones en que una familia quiere deshacerse de un estorbo) en la azotea.

Pasaron tres años hasta que la escurridiza cabeza de Manolín pasó de estar a la intemperie, entre las plantas y los trastos, a encontrar un nicho eterno de descanso. En aquella época, la familia de Luz estaba construyendo el tercer piso de su casa, así que decidieron hacerle un espacio en una de las columnas.

Ella y su mamá fueron por un sacerdote. Él bendijo la construcción que, cual pared de un cuento de Edgar Allan Poe, albergaba en sus cimientos una cabeza humana. El cura no pudo dirigir ningún rezo a la cabeza humana, pero toda la familia en silencio oró por el alma de aquel hombre.

Por un buen tiempo, Luz dejó de subir a la azotea y esquivaba toda posibilidad de quedarse sola en la casa. Los remordimientos no son tan fáciles de sepultar y la mente tiene el poder de exhumar nuestros temores más profundos. De vez en cuando, la familia entera subía a la azotea y le rezaba una plegaria.

Ahora que Luz se ha graduado, tiene un consultorio en el primer piso de su casa, estudia para obtener una maestría y duerme en el mismo cuarto que compartió con aquella cabeza. Aún le da un poco de miedo recordar esta historia, pero cuando todos salen de su casa saben que no la dejan vacía. La cabeza sigue ahí, cuidándola.

*Algunos datos en esta crónica han sido cambiados para proteger la identidad de sus protagonistas.





12 de agosto de 2009

Relanzamiento (vamos y venimos)


No hay regreso fácil, siempre hay una sensación de incomodidad, algo así como un ‘Jamais vu’ (término opacado por el ‘Deja vu’ que refiere a las situaciones que antes nos eran familiares y que ahora no podemos reconocerlas) que nos hace preguntar si estamos haciendo lo correcto, si no vamos a repetirnos vanamente o a arrepentirnos.

Lo han experimentado boxeadores que regresan al ring, grupos musicales disgregados que vuelven a escena, inmigrantes que añoraban con recelo la patria y ahora retornan a ella. En Internet, donde los blogs se abren y cierren en pestañeos, poco importa si uno se tomó un descanso o si desaparece para siempre.

Yo he querido regresar sin mucho ruido pero sí con varios cambios. En mi intento por domar las aguas del ciberespacio, he descubierto que el punto débil de la mayoría de quienes por aquí transitan es la constancia, esa cualidad venida a menos en una época donde importan más la versatilidad y la renovación.

Yo sigo contando historias. Crónicas, cuentos y demás extravíos. Preguntándome sobre tal o cual libro que me pareció fascinante, aquella película o director, y preguntándoles lo que no entiendo, compartiendo mis dudas, hallazgos y esperanzas. Buscando ese reverso del mundo por el que vamos sin detenernos a mirar.

A veces siento que hace falta eso, charlas sin sentido, gente que se tope contigo y te haga la conversa, distraídos que se pregunten los por qué que tenemos en frente y que se diluyen como fantasmas ignorados.
De chico me gustaba hablar por teléfono con algún desconocido, un número equivocado, y pensar que éramos dos personas que, de casualidad, cruzaban voces una vez en la vida. Me parecía un acontecimiento afortunado.

Ahora he recobrado ese gusto por los accidentes, los hechos fortuitos, los tropiezos que te llevan a algún deleite. De esos viajes instantáneos, y de otros tantos, saldrán muchas de las historias que aquí reúna.

El autor

24 de abril de 2009

Historias de la historia*

Ilustración: Felipe Ugalde.

¿Qué tiene la historia que la hace tan atractiva para contar historias a partir de ella? En los últimos años, los best-seller han apelado al artilugio de revestir el pasado con intrigas, conjeturas y supuestos para hacerla más atrayente a los lectores, creando un híbrido de la novela histórica que tiene más de artefacto comercial que de trabajo literario.

El problema no está en la falta de rigurosidad científica, la alteración de hechos o la falacia, sino en la capacidad inventiva, que se puede comprobar observando que siempre tratan de cofradías secretas, tesoros escondidos, curas perversos e investigadores que se la pasan siguiendo pistas encriptadas en las cientos de páginas en las que debe –sí, debe- transcurrir la historia.

Personajes históricos con un pasado oscuro, héroes cuestionados, familiares del protagonista que fungen de narradores y millonarios arpías codiciosos de poder abundan en estas novelas donde las técnicas narrativas se limitan al suspenso y los argumentos no pasan de ser thrillers predecibles; salvo honrosas excepciones que suelen responder a escritores excepcionales.

Entre éstos últimos, se pueden contar a periodistas, escritores e historiadores que -al menos en América Latina- conforman un catálogo interesante que está más cercano a la tradición de los cronistas de Indias y el nuevo periodismo, que a los best-seller y la ficción histórica, donde la inclusión del escritor argentino Federico Andahazi bien puede ser cuestión de debate.

Desde el Premio Nóbel Gabriel García Márquez, que se adentró en los últimos días de Simón Bolívar, en la novela “El general en su laberinto”, y “Terra nostra” de Carlos Fuentes, hasta el no menos valorado Tomás Eloy Martínez, con “La novela de Perón”; se dan cuenta de escritores que no han tenido problemas en hacer ficción con acontecimientos de la historia.

La tarea artística está en la caracterización del personaje, la orquestación de los usos temporales (ambientación de la época, manejo del lenguaje y circunstancias propias) y el enriquecimiento del relato –como en toda novela- mediante detalles que puedan interesar para la novela; sin descuidar por supuesto la trama en sí y lo que con ella se pretende contar.

La investigación y los mecanismos periodísticos no son ajenos a estos escritos, donde periodistas como el propio Martín Caparrós, quien antes de “Valinfierno” publicara “Amor y anarquía”, novela biográfica sobre Soledad Rosas, argentina acusada de terrorismo en Italia, han demostrado el grado de parentesco que pueden alcanzar la historia y el periodismo literario.

El caso de Ricardo Piglia, con su novela “Plata quemada”, es una muestra más de las posibilidades que puede alcanzar este género. Allí, el autor, quien también se atrevió a ficcionar a partir de hechos específicos de la vida del escritor Roberto Arlt, trabaja la investigación policial sobre un robo en la Argentina de 1965, para construir una novela verídica que está empapada de realidad.

Su acceso a documentos confidenciales le permitió tramar una historia altamente emparentada con la aventura del nuevo periodismo, que iniciara Truman Capote y “A sangre fría”, en una vertiente innovadora y creativa del relato a base a datos reales, de la que también –cabe mencionar- beben géneros como el biográfico y de aventuras.

Mención aparte merece Juan Esteban Constaín, historiador colombiano que con el libro titulado “Los mártires”, da un peculiar giro a esta tendencia al construir una serie de relatos sobre escritores, artistas y filósofos donde la verdad histórica es menos importante que la verosimilitud de la ficción o el juego literario de los personajes.

El de Esteban Constaín es un libro dedicado a la literatura, a los escritores y a las historias, más que a la Historia en sí misma; donde la contemplación, obsesiones, destinos y condenas de los Joseph Conrad, Miguel de Cervantes, Charles Dickens, Chateaubriand, entre otros, conforman retratos fieles de sus espíritus, relegando a los acontecimientos por los que fueron conocidos a un lugar expectante.

Tal como se declara en el prólogo, la ópera prima de Esteban Constaín rinde un homenaje a los escritores que menciona, indicando que “... el arte es quizá el mejor y más hondo testimonio de la realidad, y las biografías de sus amanuenses dan cuenta de cómo se puede existir mientras se tienen las riendas de la conciencia atadas a los dientes”.

Estos principios, que el autor aplica a sus falazmente retratados –como Marcel Schwob en sus “Vidas Imaginarias” o Jorge Luis Borges en “Historia Universal de la Infamia”- puede regir a “Los mártires” que, en buena cuenta, aproximan lo real a la literatura, demostrando que aún en la verdad hay hechos fantásticos que, de ser contados, deben mantener en pie el mito.

Publicado originalmente en: www.letras.s5.com

16 de abril de 2009

Kimba fa: sonido y color

Fotos del autor.


Nunca los he ido a ver propiamente, siempre se me han aparecido en eventos diferentes, con sus tinas de plástico y sus cilindros de basura como tambores para armar la fiesta de sonido y color, sorprendiendo a más de uno que preguntaba por su nombre: Kimba fa.
















Al principio creí que no eran más que una imitación de los Stomp, que ya me habían cautivado con su espectáculo y videos urbanos donde sacan melodías de objetos insospechados (balones de baloncesto, tuberías, escobas).
















Pero Kimba fa, y en especial su Teatro del Milenio, son otra cosa. Lo suyo es una muestra de ritmos negros, percusión vibrante, pegajosa y sutil; piruetas y, sobre todo, mucho baile envuelto en una orquesta de instrumentos reciclados o no convencionales.




















Cada vez que me los encuentro, sin saber que iban a estar ahí, los veo mejor, captando algo así como el equilibrio entre lo urbano y lo tradicional, lo rústico y lo refinado, la música y el sonido, el color y la performance.

Un gusto que se repite.

8 de abril de 2009

El impredecible César Aira

Fuente: Diario Correo

A César Aira habría que clavarle un cascabel en el dedo meñique de la mano izquierda para saber cuándo está tramando otra de sus cada vez más célebres obras-locura. Este argentino, desheredado de los padres de su patria literaria, (Borges y Cortázar) suele salirse con las suyas cada vez que presenta una nueva novelita.

En primer lugar hay que decir que ninguna novela de Aira se parece a la anterior y que es imposible saber siquiera si pertenecen al mismo autor, si pertenecen a un ser de este planeta, si han sido escritas con la alevosía de desconcertar a sus lectores, cada vez más numerosos, cada vez más confundidos.

Lo primero que leí de Aira fue, si no me equivoco, “Cómo me hice monja”, y entonces me creí ante el descubrimiento de un escritor tan desgarradoramente cruel y delicioso, fruto exacto del árbol narrativo que es la Argentina. Luego leí “Las noches de flores” y ahí empezó lo bueno.

Aira mezcla, en una situación suburbana, completamente absurda y latinoamericana, el inequívoco ingrediente de lo mágico, con su dosis de locura y perversión (o subversión) de los hechos, como si quisiera sabotear sus mundillos literarios para hacerlos precisamente fieles al Planeta Aira.

Luego me tocó leer un cuento que puede ser, acaso, lo mejor escrito en lengua castellana en los últimos veinte años (“El todo que surca la nada”), aunque con la consabida exageración que nos proporcionan todas las novelitas y relatos de este hombre pequeño e inofensivo hasta que se le lee.

Lo siguiente fue “La serpiente” y ahí sí que se acabó la gracia. Aira hace uso y abuso de nuestra imaginación (y de la suya) en esta, hay que llamarle novela, aunque yo preferiría llamarle vuelo rasante por el país de lo insólito, para adentrarnos en una historia alucinada que le da más de una acepción al término.

Finalmente, recaí en otro de sus libritos para salir nuevamente con el desconcierto pegado al cuerpo. “El congreso de literatura” no es ni la mitad de lo que parece y, aunque no es lo mejor de su obra-locura por ciertas digresiones, es una muestra de los caminos de fantasía y delirio que produce este escritor.

El hecho de que todas sean novelitas de no más de 200 páginas me hacen pensar que Aira escribe despreocupadamente, sin imaginar que sus libros pueden ser bombas de tiempo encerradas en librerías hasta que un incauto las encuentra y acciona su dispositivo devastador sin imaginar las temibles consecuencias.

Cada vez que abro un libro de César Aira me pasa lo mismo, no sé si saltarán de él los fuegos artificiales de su mejor prosa, o si volverá a estallar el sigiloso explosivo que pretende exterminar el barroquismo y el vanguardismo y la más pura y dura narrativa convencional. O si no pasará nada, salvo el silencio del ¿ahora qué?