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Fuente: mdzol.com |
Mientras
algunos llevan talleres para encontrar la fórmula mágica de la crónica y
estudian sus “técnicas”, en un viaje de ida por los artículos de los periodistas
más publicados, Martín Caparrós está de vuelta en este género que él mismo
empezó a odiar cuando se hizo tan fashion.
“Vaya
a saber cómo, qué nos pasó, pero ahora parece que el mundo está lleno de unos
señores y señoras que se llaman cronistas”, escribe el argentino que siempre se
sintió al margen con este oficio que ahora está en medio del escenario.
Escribir crónicas para una revista (porno, de modas, de arte o política) es
subirse al pedestal del ego.
No
lo digo yo, lo dice Caparrós, que ha recorrido los lugares más inmundos y más
cosmopolitas con una libreta de apuntes, hablándole a un grabador en países
donde nadie más hablaba su idioma, y desconfiando de sus propios ojos, su
memoria y su razón de ser.
“Hace días que pienso en
este artículo y, cada vez más, me parece que no tengo mucho que decir o sea:
estoy acercándome a la norma del opineitor. Pero el opineitor tiene que decir
que sí tiene mucho que decir sino, ¿para qué estaría usted, señora, perdiendo
su tiempo en estas líneas?”.
Escribió
en “La patria capicúa”, allá por 1995, cuando para hacer crónica había que vivirla
lejos de oficinas, laptops y redes sociales; preocupándose por la política, ese
juego del hambre que las oenegés (como las llama él) utilizan para poner en
órbita a un cronista en un hiperviaje por la miseria.
Precisamente
fue así como Caparrós pudo escribir “Una luna” (2009), un recorrido por el lado
más cruento de los migrantes, las personas traficadas y los refugiados de
guerra; y “Contra el cambio” (2010), un alegato contra el calentamiento global,
sus defensores y vividores de esta amenaza moderna.
Los
encargos del Fondo de Población de Naciones Unidas le permitieron escribir
estos diarios de viajes de la manera más libre, luego de cumplir con la misión que
se le encomendó (como cuando Kapuściński debía enviar sus breves cables para la
agencia de noticias de Polonia).
“Tengo que trabajar con
un modelo muy preciso –digo por no decir “con órdenes muy claras”: qué tipo de
persona entrevistar y, sobre todo, qué tipo de textos escribir, claros,
concisos. En principio tienen que estar en tercera persona y tener menos de dos
mil palabras. En mis crónicas, dos mil palabras es lo que suelo usar para
aclararme la garganta”.
Para
los que piensan que no se puede escribir porque se tiene otro trabajo, o que le
echan la culpa a sus jefes o editores, esta puede ser una lección (y sin
costo). La otra la trae la página 29 de “Una luna”. Después de entrevistar a
una chica en Moldavia que le cuenta cómo su padre y sus hermanos la golpeaban, el
esposo que la vendió embarazada y los tipos que abusaron de ella, Caparrós
escribe:
“De pronto se me ocurre
algo espantoso: no tengo que trabajar por el dinero –gano lo preciso con mis
libros. O sea: tendría que usar mi tiempo para hacer algo que valiera la pena”.
¿Vale
la pena escribir la historia de una mujer un hombre un niño un pueblo cuya vida
no cambiará luego de que tú escribas una crónica que se imprimirá en papel
couché y que adornará los anaqueles de un kiosco, un supermercado, una librería?
Sigue Caparrós:
“Ésa es la verdadera
división en clases, la más terrible división en clases: los que nos preocupamos
por qué vamos a hacer mañana y los que se preocupan por cómo van a comer mañana”.
Pero
el de Caparrós no es un diario que reflexiona sobre la miseria, ni son crónicas
adornadas por la belleza de la palabra; son textos tan lúcidos e íntimos que
pueden tratar acerca de una cucaracha que camina por el piso (y que sirve para
hablar de la famosa subjetividad periodística) o de su equipaje de mano (para pensar
en la opulencia de los ricos).
La
cucaracha “parece inquieta”, piensa y
escribe Caparrós. Luego sigue: “quién es
ese sujeto universal cuyos pareceres sobre la cucaracha se vuelven tan
generales, de forma de poder decir parece; cuando alguien dice parece está
mintiendo”.
Sólo
Caparrós (y unos pocos más) pueden escribir una crónica que ocurre en París y
empezar describiendo el rollerball con el que escribe en un cuaderno de notas
de hojas rayadas, y aprovechar ese invento tan novedoso como corriente para
hablar de la globalización.
O
resumir lo que lleva en su equipaje (“un
pulóver, 6 pares de medias, 6 camisetas negras, 2 pantalones negros, un par de
alpargatas, un libro, un neceser, mi grabador, computadora, la cámara de fotos,
sus pilas, sus enchufes”) para pensar en sus pantalones nuevos y la razón
por la que los ricos son felices comprando.
“…y de pronto me parece
que entiendo a los ricos que se compran el reloj más caro o el avión más
tremendo: no es sólo por darse el gusto de usarlos, no es sólo para mostrarles
que pueden: deben ser, también, para comprar algo que les cueste, un objeto que
respeten por el dinero que les ha sacado”.
Leer
a Caparrós es entrar en el convencimiento de que no se es cronista porque se
escriba bonito, o se piense mucho, o se esté donde nadie más estuvo. “Sorprender
con pavaditas o desenterrar curiosidades calentonas o dibujar cara de busto”, ya
no les sirve ni a los poetas. El secreto se pierde en esas páginas que se
llenan y llenan y llenan tratando de explicarse así mismo, al otro, a todos y a
ninguno. El fracaso es la única seguridad.
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